Construido con Berta

  1. ENCUENTRO CON EL CUADRADO. SALA IBERCAJA 2010

    COLOR Y GESTO: LA CONSTRUCCIÓN FUERA DE CAMPO


    Podemos hablar, para empezar, de cierta construcción. En el caso de Ferran Gisbert, de la construcción de su obra, de sus obras. Tal vez de toda obra.
        La construcción constituye su forma, establece y guarda la “lógica” de la obra. En ella reside ese “no sé qué” de la experiencia estética que en ocasiones ha sido denominado enigma o aura. En cualquier caso, no se trata de una forma cerrada y ajena, venida de fuera, que quepa acatar o rechazar; tampoco de algo posterior o deducible tras la realización del cuadro. En la construcción confluyen, por un lado, todo el proceder técnico –más exactamente, la traza que este proceder deja en la obra-; por otro, esa unión de la estructura necesaria y básica –la composición, cierto planteamiento, el encuentro con el cuadrado que vino de la mano de Cinc carrés y su aplicación como punto de partida, la búsqueda aceptada como inacabable de una “interacción del color” desde Pentámero hasta las obras más recientes- con lo difusamente contingente -el detalle que podría parecer irrelevante pero que resulta, de un modo u otro, decisivo, la señal de un trazo-. Todo ello está en la obra.
        Es en esta misma construcción, en el encuentro entre cuadrado, color y gesto, donde la obra demanda que se de un paso más allá. Inevitablemente parece invitar a que se hable de ella: se abren relaciones, influencias, referentes. Se acude a aclaraciones, a conceptos. Se comenta ese vibrar de las franjas de color en el interior de los márgenes del lienzo. Se critica y se valora desde parámetros determinados. Pero, a la vez, cuando se atiende abiertamente a la obra en su construcción, contra todo pronóstico ésta desmantela punto por punto todo aparato estético.
        La técnica, a la vez que salvaguarda la “lógica” de las obras, es también la causa de su suspensión. 1 El andamiaje conceptual, la estructura de nociones, categorías y conceptos que la ubican como “obra de arte”, se desencaja por sí mismo en sus propias articulaciones.  En este caso, un trazo, la huella de un gesto que ha trazado una o varias franjas de color, marca el punto de ese desencaje.
        De modo inmediato, y partiendo de la construcción, se habla del trazo del autor, de su trazo, del gesto y de aquel a quien pertenece. Pero todo trazo, toda huella, como si de cierta escritura se tratase, anuncia y señala hacia una falta. Que en él quede como un rastro un movimiento sutil, un pulso, hasta una respiración, es testimonio de que ahora, en la obra, el autor falta, ha faltado ya. Es así como la huella dejada –por un gesto- se mueve en la estrecha línea que separa la ausencia de la presencia. El su posesivo que lo ligaba al autor (su trazo, su gesto, su cuadro) se borra inevitablemente en las manos extrañas que lo reciben, aquellos que contemplan el cuadro, y que al hacerlo colocan al autor en el lugar del desaparecido, del que ya no está aquí, del ausente. Una vez ha sido acabada y ha salido del taller la obra ya no admite posesivo en la medida en que ella misma es en la ausencia de su autor y, en este sentido, de todo posible poseedor. Es más, esta falta se extiende a todo el cuadro: el color, su armonía y su elección, ya no puede ser entendido desde la voluntad de la figura del “autor”. El cuadro se ve abocado a “hablar” por sí solo desligado de todo concepto y todo discurso. Y al mismo tiempo calla. Como si condenase a cierta afasia, a la incapacidad propia de un tartamudeo, en el momento preciso en que la obra invita al habla, la evita, rehuye de ella y la esquiva. La disloca. Insistentemente se mantiene extraña respecto al discurso, en un espacio fuera del espacio que en principio le correspondería en tanto que obra, en un no-lugar que no es el de los meros objetos pero ya tampoco el de lo artístico, abocando a un peculiar “no poder hablar de”.
        Es este callar al que apunta el cuadro el que bloquea el lugar desde el que este podía ser comprendido. Lo desplaza fuera de campo, a un espacio no discursivo, no estético, ajeno todo lenguaje.2  Es en el “no poder hablar”, a través de la construcción y del trazo de color en el que perdura el gesto, donde nos sobreviene ese enigma buscado en la obra y sólo a veces encontrado.



    1    La frase es de T. W. Adorno, como de él son las nociones de “construcción” y “enigma” del modo en que nos hemos permitido adoptarlas (y adaptarlas). Ver: T.W. Adorno. Teoría estética. Orbis. Barcelona 1983.



    2   Es este el punto en el que se ha desencadenado ya el desmontaje. Brevemente: caída la figura del autor, resultan insostenibles nociones como las de creación, intención o expresión. Sin ir más lejos el propio término “obra”, y con él el campo de lo “artístico”, entran en colapso, abriendo un espacio más allá de las redes categoriales y conceptuales propias de la estética y la crítica. La obra, y con ella toda obra, entra en deconstrucción, precisamente en el momento en que es la construcción la que ocupa el primer plano.


                        
    David Peidro Pérez, invierno 2009-2010
    Licenciado y profesor de Filosofía.